Si nos paramos a pensar en un grupo de personas sentadas en círculo, seguro que nos evoca un trabajo comunitario, de relación, de juego, de convivencia, toma de decisiones…

Desde tiempos ancestrales la sociedad ha formado círculos para reunirse. Los consejos de sabios, las reuniones en torno a un fuego, los niños jugando en corro, las mujeres tejiendo, las danzas ceremoniales… Existen datos de reuniones circulares desde el Paleolítico. Y no es casual que desde tiempos inmemoriales nos reunamos en círculo, porque formar parte de uno es formar parte de un espacio donde nos acompañamos, nos nutrimos, nos sostenemos, aprendemos; los unos de los otros, las unas de las otras, porque yo me reflejo en ti y tú te reflejas en mí. Estas reuniones favorecen la comunicación, enriquecen y sanan.

Círculos de mujeres, círculos de familias, círculos de palabra, círculos de sanación… Puedes formar parte de cualquiera de ellos, pero todos tienen una serie de características en común. Estar en círculo es estar formando, con el resto de personas, una circunferencia, un espacio cerrado, donde todo pasa dentro y nada sale fuera.

Un círculo es la figura contenida en una circunferencia sin fisuras y es símbolo de totalidad. Lo que define al círculo es el borde, la línea que lo delimita; cuando ésta se rompe, deja de ser un círculo.

…//…para constituir un círculo y ser un lugar seguro, su límite debe estar intacto. Ese límite es la capacidad que posee el círculo de preservar sus contenidos, pues es primordial que exista en él la confianza.

Lo que se comunica como confidencial se mantiene como tal; es así de simple.

El millonésimo círculo. Jean Shinoda Bolen.

Si participamos en un círculo con esta premisa de circunferencia y contención, conseguiremos crear un espacio de seguridad, cuidado y sostenido por cada uno de los integrantes del mismo. Cuidar un círculo implica CONFIDENCIALIDAD (no compartimos fuera del círculo ninguna información personal sobre las personas que lo forman) y NO JUICIO (nos reunimos para sostenernos y cuidarnos, para reflexionar y aprender, por lo que debemos dejar fuera del encuentro la necesidad de juzgar a los demás y a nosotros mismos).

Desde estas dos premisas vamos construyendo el resto. Dentro de un círculo, cada persona importa, todas somos iguales, todas contribuimos, porque cada  participante es importante para seguir sosteniendo el círculo. No existen jerarquías, sino un compromiso conmigo mismo y con el otro.

En Maharloka trabajamos en ello en cada reunión, en cada encuentro. Sin la contención y la seguridad del círculo no son posibles los trabajos profundos. En todos nuestros talleres ofrecemos y pedimos estos compromisos.

Recuperemos esta ancestral manera de relacionarnos. La sociedad sistematizada en la que vivimos ahora nos ha “regalado” muchas cosas y una de ellas es la jerarquización de las reuniones. Reuniones lineales, en filas, donde hay un emisor que ocupa una posición de liderazgo y el resto reciben pasivamente la información. Recuperemos los círculos, conectemos con nuestra sabiduría ancestral y disfrutemos juntas y juntos del placer de reunirnos.

¿Has formado parte ya de alguno de nuestros “trabajos círculares”?