Sin duda el autocuidado está de moda.

No hace falta dar muchas vueltas para darse cuenta de que es necesaria una mirada amorosa de vez en cuando hacia nosotras mismas. Los ritmos sociales actuales hacen muy difícil mantener un equilibrio entre lo que damos y lo que recibimos.

En este DAR está la organización, la logística, la capacidad de cuidar al otro, la contención, la crianza, la coordinación, la toma de decisiones, los quehaceres familiares, los deberes del cole, los informes para el jefe, las revisiones del médico… en definitiva, una entrega de energía, necesaria para sostener la vida que, de alguna manera, hemos elegido.
Pero para mantener un equilibrio saludable es preciso frenar, respirar y estar dispuestas a RECIBIR, a recargar la energía que generosamente entregamos para poder seguir haciéndolo de manera amorosa.

Quizá una de las primeras dificultades sea la de permitirnos esta parada, esta frenada en nuestra vorágine diaria para tomar aliento. Sentar por un momento a esa súper woman que todas llevamos dentro para poder nutrirla antes de que vuelva a ponerse la capa de los súper poderes.

La siguiente dificultad es entender que este recibir, esta recarga de energía, no nos puede llegar a través del otro, sino a través de nosotras mismas. No podemos delegar en otra persona (pareja, amigos, padres, hijos…) nuestra capacidad para equilibrarnos. Somos nosotras las que debemos permitirnos esta parada, esta mirada hacia adentro para reconocer nuestras necesidades y darnos un espacio para cubrirlas.

 

Sentir este equilibrio entre la energía que damos y la que recibimos es básico para establecer relaciones verdaderamente sanas con nuestro entorno. Si somos incapaces de permitirnos estos tiempos de autocuidado, utilizaremos al otro para compensar nuestras carencias.

Hace pocas semanas tuvimos la oportunidad de ver de forma casual un ejemplo de esto. Sin entrar en detalles, vimos a una mujer, madre, absolutamente desbordada por una situación familiar comprometida y a un hijo absolutamente necesitado de la atención de su madre.

Ella es incapaz de atender la necesidad emocional de su hijo; es incapaz incluso de seguir una pauta profesional que la conecte con su hijo, porque su verdadera dificultad está en su incapacidad para conectar con ella misma…

No son los hijos, el jefe, la pareja… los que nos ponen al límite. Estar al límite simplemente pone de manifiesto nuestra necesidad para parar y mirarnos. No necesitamos hacer mucho más… Porque parando y mirándonos vamos a encontrar lo que de verdad necesitamos.

Quizá eso que necesitamos sea un spa, una limpieza de cara o un bocadillo… quizá. Pero quizá encontremos que eso que necesitamos es un trabajo personal, un psicólogo o un espacio en el que poder compartir sin juicio.

Éste es el verdadero autocuidado, la parada y la mirada para poder encontrarnos con nuestra verdadera necesidad. Porque hablar de pintarse las uñas como autocuidado es quedarse en la punta del iceberg. Porque no hay verdadero autocuidado sin mirada profunda hacia nosotras mismas.

Si nunca te has permitido esta parada y has leído este post hasta el final, quizá sea el momento de permitírtelo…
Frena, respira y permítete mirarte sin juicio. Así de simple. Así de complicado. Puedes hacerlo sola…

O en un Círculo de Mujeres…